martes, 28 de diciembre de 2010

MADAME HAI Y LAS REBAJAS


MADAME  hai



HAI

En la tortuosa calle, fachadas preñadas con altísimos edificios que en el ático, aunque parezca increíble, se tocaban los balcones.
Un entramado de cordeles de tender con ropa que colgaba abigarrando el poco cielo gris plomo que había que esforzarse para adivinar a través de las desconchadas paredes.

        La encorvada ancianita empujaba el, averiado, carro del supermercado cargado con dos gigantescas bolsas.

        Su pecho subía y bajaba en un jadeo intermitente acompañado por los pitos de unos bronquios demasiado cargados para su edad, del esfuerzo, su frente se había perlado por la transpiración, las manchas de sus axilas empezaban a desprender un nauseabundo olor a muerte prematura, a pesar de su aspecto decadente y derrotado, su mirada era de una firmeza inusual en una semianciana.
        Llegó, por fin al cuarenta y dos de la calle del mar y sin poderse contener, agarró las dos grandes bolsas que portaba el arruinado vehículo, dejándolo aparcado en el vetusto portal. Con una energía inexplicable comenzó el ascenso por aquella empinada escalera de caracol.
        Con fruición tiraba de las bolsas que, mas voluminosas que su retorcido cuerpecillo, chocaban con los escalones, las barandas y palitroques del apuntalado edificio.
             Al llegar al principal, decidió hacer un alto en el camino, se sentó en la fría baldosa del pavimento, la temperatura refrigeró sus viejas posaderas y le iluminó unos ojos febriles enrojecidos por el efecto del mal ambiente que reinaba en aquel fétido agujero donde los excrementos florecían cual amapolas en el prado.
          El principal primero comenzó a dejar sentir el lastimero chirriar de la entrada, una destartalada puerta de Mongoy abierta solo unos centímetros dejaba salir con mil fatigas una asquerosa mano de uñas largas y sucias que, al no poder desbloquear la hoja daba zarpazos sin ton ni son alrededor de su entorno.


       La afanosa mujer vio con terror que aquella mano prendía parte del contenido de una de las bolsas. Con todas las fuerzas que le permitía su débil humanidad, propinó un paraguazo a la mano que hizo lanzar un aullido de lobo estepario a su anónimo dueño.
           Con gran esfuerzo arrastró de nuevo los voluminosos recipientes a través de los puntales las curvas y las barandas.
          Por fin la mujer hizo un profundo suspiro al llegar al quinto rellano de la torturadora escalera.
          Los ojos le brillaron en la penumbra y su rostro surcado por mil arrugas prematuras adquirió la apariencia del éxito, las cejas se le arquearon bajo una sucia melena, su tronco erguido daba cuenta de un gran triunfo como el del marino que toca puerto después de una gran tormenta, su mentón, soporte de una desdentada cavidad bucal apuntaba a la parte mas alta de la entrada.
      Tiró con ambas manos de un nutrido llavero y sin buscarlo, apareció entre sus dedos un instrumento de cierre pulido por el uso. Con gesto triunfal metió la llave en la cerradura y dio tres vueltas y media, el pestillo protestó dejando a su responsabilidad lo que a continuación pudiera suceder.
          Mil doscientas veintidós bolsas idénticas atiborraban hasta el techo el recibidor, los pasillos, dormitorio y cocina de aquella pobre morada.
      Con las que había incorporado contaba mil doscientas veinticuatro en un almanaque del año mil trescientos noventa y ocho, fecha en la que comenzó su búsqueda de la longevidad, habían transcurrido seiscientos doce años.
      Decidida agarró una desvencijada escalera y comenzó la nueva aventura de tener que subir al montón de gigantescas bolsas para colocar con primor dos nuevos trofeos.
       Le importaba mucho la limpieza de aquel tesoro por lo que cada vez se quedaba, hasta extenuarse, a limpiar la incomprensible colección.
       La única dependencia que permanecía vacía era el cuarto de baños, el cual a diferencia del resto de la vivienda era luminoso limpio y cómodo. Una gran bañera cubría casi la mitad de la estancia. Un dorado mostrador soportaba los mas exquisitos jabones y perfumes, el agua humeaba placentera dentro del nítido depósito, a los pies del acuático lecho yacía mullida una hermosa toalla que cual ninfa de los lagos esperaba a su dueña para enjugar ….
         Cuando hubo terminado la limpieza del lugar, peleándose con las sucias greñas que le tapaban el rostro sudoriento, se dirigió a la sala de baños, al entrar experimentó una sacudida,su figura se volvió mas esbelta. Se acercó a una gran copa de alpaca donde descansaba bajo gélidas temperaturas una ampolla del mas selecto vino catalán, una estilizada probeta le dio a degustar ese filtro de amor.
        Una a una, las asquerosas prendas de vestir fueron cayendo sobre el pavimento, las aguas del presente, desgarraron la fea faz del pasado y como un sepulcro recibió aquel cuerpecillo que tanto esfuerzo había experimentado, el jabón y las sales terminaron la transformación.
              
        Discretos golpes en la puerta sacaron a la anciana de su sopor, le dolía todo el cuerpo, pero aquella copa de vino, y el agua a temperatura de placer, la habían resucitado, era lo único que recordaba.
___. Pasa Josefita, pasa, acércame el albornoz, este baño ha sido una verdadera obra de arte .
___. ¡Y que lo diga Señora! Esta ocasión ha sido magistral, si se hubiese visto, en verdad parecía una indigente.
___. Lo soy todo el año hasta que llega la fecha.
___. ¿Que fecha Señora?
___. El rostro de la señora cobró una luz especial, con la mirada perdida en un rincon del lugar, se dispuso a revelarle el secreto de su búsqueda de la longevidad.
___. Cuando se produce el equinocio de primavera, la luna cobra un color diferente, todo brilla con un fulgor espectacular, entonces, …. en un lugar secreto, bajo el subsuelo de la ciudad vieja, en un lúgubre sótano comienza el ascenso hacia la superficie de todos los artículos ….. que los grandes almacenes pone en rebajas.
Esta es mi búsqueda de la longevidad, es por lo que lucho todo el año, para este efímero momento pero se que un día el Hades pedirá mi alma y de nada habrá servido este extenuante esfuerzo.
Horacio Cordel.




MADAME